“La muerte de Iván Ilich”: la enfermedad como denuncia

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Una de las apreciaciones más recientes de la crítica literaria es estudiarla en conjunto con otras formaciones discursivas que “obedecen a los intereses del saber y producen conocimientos diferentes” (Bongers, 2006, 15) respecto a una sociedad o época determinada; y esto con el objetivo de profundizar en la perspectiva, pues “la literatura y el arte son capaces de hacer diagnósticos estéticos sobre el estado de la cuestión en una sociedad y sobre las constelaciones culturales” (ib.). Dicho de otra manera, la literatura cuestiona “la normalidad y la normatividad de una cultura y una sociedad [ya que pone] en escena digresiones y disuelve codificaciones binarias” (ib.). La compilación Lectura, cultura, enfermedad, realizada por W. Bongers y T. Olbrich, se ancla en esta pretensión para interconectar a la medicina con la literatura o, lo que es igual, a la dicotomía salud versus enfermedad con la representación estética de un discurso hegemónico.

Según las observaciones de Bongers, medicina, moral, cultura y literatura tejen una “trenza discursiva” sostenida por la enfermedad, esa “sanción a una conducta que no se ajusta a las normas vigentes o postuladas” (Anz, 2006, 32). En este sentido, si se entiende a la literatura como la recreación de un discurso o, en su defecto, como la fijación lingüística de una episteme… le enfermedad viene a representar el quiebre de las reglas que rigen en ella. Y esto se debe a que con el surgimiento de la sociedad burguesa, la salud se convirtió en un paradigma: un hombre sano era capaz de producir y, en consecuencia, contribuir a la estabilidad de los modos de producción. Frente a la secularización de occidente, la legitimidad de los valores y normas sociales reposó en tres aspectos: la dietética, la higiene y la terapéutica; la regulación del sujeto pasó a depender de su habitus (ib.).


Durante los siglos XVIII y XIX dominó esta concepción de la enfermedad como un crimen, lo cual atribuía la culpa de los padecimientos al enfermo; esta visión varió hacia finales del siglo, cuando los diagnósticos se inclinaron “por exculpar al sujeto enfermo, por localizar los gérmenes de su enfermedad en las circunstancias sociales o normas culturales, cargando el peso de la culpa sobre ellas” (ib., 34). Posteriormente, en el siglo XX, se profundizaría sobre el nuevo paradigma del génesis de las enfermedades adjudicando, así, la responsabilidad al espacio y el tiempo donde el sujeto se haya inserto; respecto al medio, Thomas Anz refiere aspectos concretos y fundamentales: ambiente, tecnología, cultura y relaciones sociales. La modificación debía realizarse, entonces, no a nivel individual, sino a nivel colectivo: la generación de enfermedades depende de las circunstancias de la vida social y cultural de un sujeto y el sano -perpetuador del sistema decadente- quien debe actuar para garantizar la sanación del enfermo.

La muerte de Iván Ilich, pese a ser publicada en 1886, adelanta muchos de estos aspectos porque el tratamiento de León Tolstói sobre las dolencias del protagonista permiten vislumbrar a la enfermedad no solo como el “efecto patógeno al disciplinamiento moral y racional de las pasiones” (ib., 36), sino como la denuncia férrea a una sociedad “enemiga de las pasiones y afectos” (ib., 38), propensa a la automatización y despersonalización del individuo. Enfermedad, a través de la literatura, se convierte en sinónimo de denuncia y, más allá, en la posibilidad de afirmar la propia individualidad.

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Al iniciar la novela, la vida para Iván Ilich “transcurría como, según su parecer, la vida debía ser: cómoda, agradable y decorosa” (Tolstói, 2012). Considerándose un ejemplo a seguir, su propósito respondía al deleite de la vanidad, a la acumulación de la renta y la exhibición del lujo; Iván Ilich vive acorde a las exigencias de una jerarquía cuyo sentido se evapora al sentir “la cosa atroz, horrible, inaudita, que llevaba por dentro [y] le roía sin cesar y le arrastraba irremisiblemente hacia Dios sabe donde” (ib.): cuando el bienestar es irreconocible e irrecuperable. El padecimiento del dolor físico, sin origen aparente, lo conduce aparatosamente hacia la ruina, porque, una vez postrado en casa, Iván Ilich pierde la posibilidad de ejercer su papel como funcionario, pero además es incapaz de ser el padre y el esposo que su familia requiere; en otras palabras, se vuelve un ser improductivo y desechable:

Últimamente, durante la soledad en que se hallaba, con la cara vuelta hacia el respaldo del sofá, esa soledad en medio de una ciudad populosa y de sus numerosos conocidos y familiares —soledad que no hubiera podido ser más completa en ninguna parte, ni en el fondo del mar ni en la tierra—, durante esa terrible soledad Iván Ilich había vivido sólo en sus recuerdos del pasado (ib.).

Esta enajenación involuntaria lo obliga a vivir en tiempo suspendido: mientras su realidad se compone con “la conciencia de una vida que se escapaba inexorablemente, pero que no se extinguía” (ib.), Iván Ilich se ve obligado a cuestionar no solo el estado presente de sus circunstancias, sino a realizar un recorrido por la memoria en un vano intento por aferrarse sus mejores recuerdos y no sentirse “un incidente casual” dentro de su propio hogar. Así como la medicina intenta obrar correctamente y “normativizar” el caos producido por un episodio patológico, el protagonista anhela descubrir las causas de su malestar corporal y, al entender la inexistencia de una explicación lógica, vuelva su atención sobre el génesis y la necesidad de la muerte en sí: “si efectivamente [la vida] es tan absurda y mezquina, ¿por qué habré de morir, y morir con tanto sufrimiento? Hay algo que no está bien” (ib.).

El tránsito de una búsqueda acaba por destruirle completamente, minando cualquier certeza: como “más allá de esto, y salvo esto, no había otra cosa”, Iván Ilich “lloraba a causa de su impotencia, de su terrible soledad, de la crueldad de la gente, de la crueldad de Dios, de la ausencia de Dios” (ib.). Paradójicamente, al ver reducida su existencia a un despojo carente de sentido o incapaz de alcanzar respuestas concretas, logra adquirir consciencia de su individualidad: se hace singular, único e irrepetible; por medio de la enfermedad, se descubre a sí mismo, pues las dolencias del cuerpo le han hecho indagar en los males del alma. Reconociendo la muerte como destino final, irreparable e inminente, Iván Ilich entiende cómo la vida trasciende todos los ámbitos mundanos: “todo ello [sus propios anhelos, expectativas, creencias y valores] había sido una enorme y horrible superchería que le había ocultado la vida y la muerte” (ib.).

Referencias bibliográficas

Anz, T. (2006).“Argumentos médicos e historias clínicas para la legitimación e institución de normas sociales”. En Bongers, W. y Olbrich, T. (comps.) Literatura, cultura, enfermedad. Buenos Aires: Paidós, pp. 29-45.

Bongers, W. (2006). “Literatura, cultura, enfermedad. Una introducción”. En Bongers, W. y Olbrich, T. (comps.) Literatura, cultura, enfermedad. Buenos Aires: Paidós, pp. 13-27

Tolstoi, L. y López-Morilla, J. (trad.). (2012). La muerte de Iván Ilich. [Documento electrónico]. Extraído de: http://www.lecturalia.com/libro/7332/la-muerte-de-ivan-ilich


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About Fabiola Fulco Salazar 14 Articles
Caraqueña, estudiante de la Universidad Católica Andrés Bello y futura Licenciada en Letras. Disfruto la historia y el arte tanto como las telenovelas y los concursos de belleza, busco conquistar a la vida a través de estos pequeños placeres. La literatura significa para mí resistencia, testimonio, negación al olvido; por ello, mi voz está al servicio de los autores y poetas, cual amante acérrima del lenguaje y fiel creyente del pensamiento crítico. Co-fundadora del blog Escritores Sin Nombre y creadora del blog A media voz. (Las opiniones de los colaboradores de Venezuela Mundial son responsabilidad exclusiva de los mismos).